Hace unos días, revisando el calendario, me di cuenta de que había caído en cierta trampa: rellenar cada minuto disponible de forma compulsiva. No es que me arrepienta de añadir cualquier cosa al calendario – eso me parece bastante saludable. De lo que me arrepiento es de ir suprimiendo deliberadamente cualquier hueco libre, de forma casi artificial.
Es paradójico: las herramientas digitales, convenientes y estupendas, prometen ayudarnos a ser más productivos. Sin embargo, nos acaban convirtiendo en esclavos de una agenda imposible. Calendarios compartidos, notificaciones persistentes y la facilidad para programar reuniones con tres clicks han creado una cultura de “tiempo cero” en la que cualquier espacio libre es visto como una ineficiencia.
Es como el diseño del tráfico urbano: una ciudad que optimiza cada intersección para el mayor flujo posible acaba colapsada a la primera perturbación. Los espacios de amortiguación que absorben imprevistos son necesarios. Lo aprendí jugando a Mini Motorways hasta que me quemaban las manos y es un buen símil con nuestro calendario: hay que dejar cierto margen a la improvisación para evitar el caos, aunque suene paradójico.
Durante años, las tecnológicas han promovido herramientas de productividad diseñadas para hacer muy fácil llenar nuestro tiempo… a costa de que sea más difícil protegerlo. El calendario promedio está pensado para maximizar las reuniones, no para inducir a bloquear tiempo de pensamiento, de trabajo profundo libre de distracciones.
El problema viene de lejos. En algún libro de productividad que no puedo recordar leí que los directivos de los primeros 2000s, cuando el mail empezó a ser un problema, empezaron a acostumbrarse a revisar el correo solo en momentos concretos del día. Hacen falta principios similares para nuestras agendas digitales.
La solución empieza por reconocer que el tiempo no programado no es tiempo perdido. Es el espacio donde ocurre el pensamiento estratégico, la necesaria distancia para la perspectiva. El lugar en el que procesamos lo aprendido y donde encontramos soluciones creativas a problemas que se nos atragantan.
Las mejores soluciones que he visto en mi vida en cualquier entorno (laboral, académico, personal, familiar) suelen venir de quienes tienen espacio para experimentar, reflexionar y hasta fallar.
Nuestras herramientas deberían ayudarnos con esto, no obstaculizarlo. Necesitamos calendarios que nos ayuden a proteger ese tipo de tiempo, y no solo nos ayuden a llenar fácilmente toda la jornada. Aplicaciones que nos ayuden a crear y a defender los espacios aptos para ese trabajo profundo que titula el libro más famoso de Cal Newport.
La mejor productividad no es la que la tiene más larga (la lista de horas ocupadas, digo), sino la que se pondera por decisiones acertadas y problemas bien resueltos. Y a eso ayuda mucho aligerar la agenda.
En Xataka |
Imagen destacada | Xataka con Midjourney
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La noticia Calendario lleno, mente vacía: la ecuación que define la crisis de productividad moderna fue publicada originalmente en Xataka por Javier Lacort .

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