En el año 2000, Steve Jobs todavía soñaba con que Apple mantuviera la fabricación de sus propios productos. Sin embargo, la crisis de las “puntocom” golpeó fuerte y Apple se vio obligada a cerrar sus fábricas y replantear su estrategia. Fue el principio de un proceso que terminaría llevando buena parte de la producción mundial a China.
La apuesta por la externalización
Tim Cook, quien llevaba desde 1998 al frente de las operaciones de Apple, defendía que subcontratar la fabricación era más barato, más rápido y la única forma de garantizar la calidad que Jobs exigía. Sin embargo, Steve Jobs no terminaba de resignarse a perder el control sobre cómo se construían sus productos. La idea de fabricar en casa parecía atractiva, pero la realidad del mercado era otra.
En septiembre de 2000, Apple emitió una advertencia sobre beneficios que hundió sus acciones más de la mitad en una sola sesión. El problema era que no había suficientes clientes dispuestos a comprar el G4 Cube, un ordenador tan cuidado en el diseño como alejado de lo que el mercado estaba dispuesto a pagar. “Hemos encontrado un bache en el camino”, dijo Jobs entonces ante la opinión pública.
La crisis de Apple en 2001
Las cifras del trimestre navideño de 2001 hablaban de unas pérdidas de 195 millones de dólares. En el conjunto de 2001, las ventas cayeron un tercio hasta los 5.400 millones de dólares, la cifra más baja desde 1989. Con una cuota de mercado del 4% en Estados Unidos y del 3% a nivel global, Apple se encontraba en una situación desoladora.
Cualquier plan de Jobs para ampliar la capacidad de fabricación propia de Apple se quedaba sin sentido. La compañía no tenía dinero para hacerlo. Las plantas de Singapur y Sacramento cerraron, y la de Cork, en Irlanda, estuvo a punto de correr la misma suerte hasta que Apple descubrió que mantenerla abierta le suponía importantes ventajas fiscales.
China, el nuevo destino de la producción
Los grandes fabricantes habían empezado a comprar plantas enteras a marcas como IBM, Ericsson, Siemens… Se vendían como un “win-win” porque los empleados simplemente cambiaban de uniforme y las marcas ahorraban costes. Con la fabricación saliendo cada vez más hacia fuera, la subcontratación dejó de producirse solo de empresa a empresa. Empezó a producirse de país a país.
Durante los setenta, no salía a cuenta construir ordenadores del tamaño enorme al otro lado del mundo y cruzarlos por mar. Pero la ley de Moore, esa duplicación de la potencia de los chips cada dos años, hizo que la producción se volviera más rentable en lugares con mano de obra más barata. China se convirtió en el destino ideal para la producción de Apple.
En la actualidad, Foxconn, una empresa taiwanesa, ocupa el primer puesto en la producción de electrónica, fabricando más que los otros cuatro mayores fabricantes juntos. La decisión de Apple de mudar su producción a China fue un giro radical en su estrategia, pero fue una decisión que se demostró rentable a largo plazo.
En México, Latinoamérica y España, la noticia de la mudanza de Apple a China puede ser vista como un ejemplo de cómo la globalización y la búsqueda de la eficiencia pueden llevar a las empresas a tomar decisiones difíciles. Sin embargo, también plantea preguntas sobre la responsabilidad social y ambiental de las empresas en sus cadenas de suministro. ¿Cómo pueden las empresas equilibrar sus objetivos de lucro con sus responsabilidades hacia los trabajadores y el medio ambiente?
En conclusión, la historia de Apple es un ejemplo de cómo la tecnología y la globalización pueden cambiar la forma en que las empresas operan. La decisión de Apple de mudar su producción a China fue un giro radical en su estrategia, pero fue una decisión que se demostró rentable a largo plazo. Sin embargo, también plantea preguntas sobre la responsabilidad social y ambiental de las empresas en sus cadenas de suministro.